Marc Pedraza es el chaval que el golpe sobre la mesa a falta de menos de dos meses de curso escolar. Tras un par de jornadas aciagas, a dos aguas entre el aprobado raspado y el fatídico suspenso, enseñó sus cartas ante el Lleida, rival duro como un examen de química. Lago es otro que, tras un periodo vacacional largo e involuntario, debe hacer un desmesurado sprint final para salvar más de una asignatura. El profe, Don Vicente (Moreno, no Del Bosque), empieza a pasar lista rigurosamente. Debe empezar a saber a quien se llevará los finales. En primera línea de combate.

Una clase de chavales de dieciséis, diecisiete, dieciocho años no dista tanto de un grupo de futbolistas. Inmaduros la mayoría, trabajando por un bien común y con una ligera tendencia a dejar las cosas para el final. Entramos en exámenes finales y Elche y Badalona están marcados con subrayador fosforito. De ellos dependerá acabar lo suficientemente holgados para afrontar el último suspiro con la confianza a pleno.

Pedraza, celebrando su primer gol con la elástica bermellona.

Tras seis partidos secos, embarrados y carentes de victoria, es ideal retomar la inercia positiva, pero sin perder la tensión y necesidad imperiosa de ganar cada partido que provocó la sequía. Sin pausa, pero sin prisa. Con la tranquilidad del líder y la necesidad de la lucha por el descenso. Para llegar al juicio final de la mejor manera posible. Para pasar el curso con nota.

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