El pasado siempre fue mejor, trazó Manuel Tori describiendo una Nápoles, aun con el paso de los años, fresca y verde por el recuerdo de él. Es una ciudad única e imposible de dejar indiferente tras el aterrizaje a la capital partenopea. “Y es que Nápoles no es una ciudad cualquiera: es anárquica, rebelde, lista, especial y con un corazón grande. En ella se practica el caffè sospeso —el café suspendido, en italiano—, que consiste en pagar de más los espresso que se deseen, para que quien no pueda permitírselos pueda disfrutarlos. Otra dimensión”, cuenta Tori. En 1984 llegaría él y en 1987 se desató la explosión que cambió por completo el rumbo de la sociedad napolitana. Alcanzó el fútbol del sur el scudetto ante el todopoderoso norte industrializado con la Juventus, símbolo de la familia Agnelli. Fue él, Diego Armando Maradona, quien dinamitó la historia hasta hoy.

Las victorias del Nápoles de Maradona significaron el renacimiento social de la ciudad del sur de Italia. En un contexto de carencias sin prácticamente un camino de futuro, Diego entronizó inyectando savia de esperanza a la clase mayoritaria en Nápoles: la trabajadora. El individuo que transforma todo un colectivo. “Maradona es uno de los nuestros. Para aquellos que hemos sido chicos de la calle, supervivientes, sin recursos, ha representado nuestra salvación. Los más intelectuales a lo mejor no consiguen verlo así, lo cual es hasta comprensible. Pero él, que ha tenido sus debilidades y sus errores, por ejemplo en relación con las drogas, con las mujeres o con el acercamiento a la camorra, ha sido, con su magia y su humanidad, un gran ejemplo de superación para mirar hacia adelante”, redacta Manuel Tori sobre el testimonio de Michelle, ciudadano de los Barrios Españoles, distrito popular del centro histórico de la ciudad.

Retrato mural realizado por el artista italiano Jorti Agoch de Diego en un edificio de Sant Giovanni Teduccio, un barrio del sur de la ciudad conocido como el “El Bronx”. No debe ser un piropo.

“Cuando Roma tira la toalla y pasa a la apatía más indiferente, Nápoles vive y sobrevive. Roma es el testigo de la historia. Pero Nápoles es la irrenunciable pasión por la vida”, rubrica Tori. Una frase llena, por detrás y por delante, de historia y sociología. Es la muestra de un enclave único, al que ha sobrevivido a las coyunturas de todo lo que supone ser el sur de Italia. Pero por encima ha resistido a seguir poseyendo el carácter exclusivo napolitano. Un logro ante tanta destrucción del mundo globalizado por lo distinto. Un patrimonio histórico vivo. El sueño, por tanto, pasó por visualizar ciencia ficción bermellona. De una figura total que ganara siempre a la sin razón de avanzar en el hundimiento. De un sentimiento de ciudad, un campo de ciudad y con la tradición intacta. De la solidez colectiva de un sentimiento. De la transformación siempre de aptitudes y no de decisiones lejos del verde. De la machada que, a pequeña escala, está a la vuelta de la esquina. De dos victorias de cuatro.

 

Testimonio, también recogido por Manuel Tori en su reportaje “¡Diegoooooo!”, de Ciro, un camarero de un bar napolitano en plenos Barrios Españoles:

“Una vez, hace unos años, en Piazza Mercato, se reunieron unas mil personas, con gran interés, para ver a cuatro equipos con unos cinco chicos cada uno, y que competían espontáneamente entre ellos. Yo los conocía bien, y ninguno terminó siendo profesional. Pero aquel día ellos eran las estrellas y nadie, de los que pasaban, quería perderse el espectáculo. Lo mejor de todo es que a diario vemos niños jugando al fútbol en nuestras calles”.

Foto portada: Mundo Deportivo

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