El Mallorca de las últimas temporadas se había caracterizado por ser un equipo sólido en defensa, especialmente desde la llegada de Javier Aguirre. Los bermellones eran muy fiables protegiendo su área y se sentían cómodos jugando así. Todos los rivales sabían que, si el Mallorca se adelantaba en el marcador, remontarle era casi una misión imposible.
Sin embargo, esta temporada la situación es muy distinta. Los de Arrasate están mostrando una preocupante fragilidad defensiva: les cuesta imponerse atrás, son poco contundentes y transmiten inseguridad. El gol del Sevilla el pasado sábado es un claro ejemplo: Maffeo no acierta a despejar y acaba regalando el tanto a Vargas. Cada centro lateral de los hispalenses parecía una amenaza real, y tanto Raíllo como Valjent —habitualmente impecables en ese tipo de acciones— se mostraron sorprendentemente vulnerables.
En la segunda parte, en cambio, se vio a un equipo que fue a presionar arriba, y que con el 1-3 no renunció a ello, sino que siguió insistiendo. De hecho, los goles llegaron precisamente así: tras dos recuperaciones en campo rival. Este cambio en la forma de defender no solo responde a la consigna de Arrasate de ser un equipo “valiente”, como ha insistido el técnico de Berriatua en las últimas semanas, sino que también puede interpretarse, por ahora, como un intento de paliar la fragilidad defensiva que el equipo está mostrando cuando se repliega.
El Mallorca parece haber comprendido que, en este momento, la mejor forma de protegerse es mantenerse lejos de su portería. Arrasate apostó en el Sánchez Pizjuán por un equipo que defienda hacia adelante, en lugar de uno que se encierre y pierda confianza replegándose atrás. Por ahora, esa propuesta está permitiendo a los bermellones competir con mayor solidez y, sobre todo, mantenerse alejados del escenario donde más sufren: su propia área.






