Es una afirmación polémica, pero no tan descabellada. En la vida personal muchas veces hay que dar un paso atrás para recuperar la estabilidad: terminar una relación tóxica, dejar los estudios que no te acaban de convencer o volver a casa de tus padres tras haberse independizado. Las tres son decisiones difíciles de tomar y que, la mayoría de las veces, no son siquiera decisión de uno mismo. Son duras de asimilar y suponen un riesgo dentro de la dinámica de cada uno, pero dentro del receso que implican hay una parte de volver a sentirse propio, de rodearse de lo familiar y centrarse en una evolución más sana y desinteresada. El RCD Mallorca, a pesar del aparente crecimiento deportivo de los últimos años, llevaba una tendencia negativa como entidad. Desde el último ascenso, en el que se nos prometía un proyecto sólido enfocado al rendimiento y al aficionado, el rumbo del club se ha estado orientado hacia la figura económica por encima de la de equipo de fútbol competitivo. El cambio de estadio, que todos esperábamos con ansia, ha terminado favoreciendo la experiencia VIP por delante de la del aficionado general y nos han arrebatado parte de nuestra identidad sustituyendo el conocido Mallorcafé por un concepto moderno de bar con precios elevados. Ya no tenemos esencia de barrio ni de club tradicional. Nos hemos pasado años criticando en las gradas a los principales equipos de La Liga para finalmente evolucionar hacia una corporación más propia de un club grande que la de uno humilde. Que no se me malinterprete, para un desarrollo progresivo y equilibrado el Mallorca debía crecer tanto en lo económico como en lo deportivo y estructural; sin embargo, esta mejoría debía girar en torno a unos principios y valores que se han ido desvaneciendo con el paso de los años.
Lamentablemente, tras las declaraciones de Andy Kohlberg, máximo accionista y presidente del Mallorca, nos ha quedado claro que el camino de la entidad va a seguir siendo el mismo y que no se espera una reestructuración radical de los cimientos, pues ha asegurado seguir priorizando las zonas VIP o el Mallorca Football Park, lo cual está en contra de los intereses del aficionado tradicional. Ya nos han asegurado que la misma directiva que nos ha hundido sin apenas esfuerzo va a seguir al mando en segunda división. Por ello, lo único que podemos esperar es una reorganización puramente deportiva. A pesar de que se haya negado el cambio radical en la plantilla, gran parte de los jugadores han publicado mensajes en los que su continuidad queda muy en el aire, sumado a que muchos contratos incluían una cláusula que en caso de descenso sus salarios iban a ser reducidos a la mitad. De este modo, figuras como Pablo Torre o Jan Virgili, con pretensiones de primera, o otros como Muriqi y Samú Costa, que interesan en media Europa, peligran realmente para el nuevo proyecto del club. Ya ni hablar del grupo de “estrellitas” (Mojica, Maffeo…) al que llevamos años priorizando y que cuyo compromiso y rendimiento se ve afectado a la mínima duda.
Ahora mismo todo parece un desastre: acabamos de descender, se nos va medio equipo y la directiva sigue con la cabeza en lo empresarial. Pero sinceramente, dentro de lo negativo, considero realmente que estamos frente a una oportunidad de recuperar nuestra esencia. Si el RCD Mallorca es conocido por algo es por ser ese club que, manteniendo a los mismos jugadores, ascendió dos categorías seguidas y, tras años de intentos, se consiguió mantener en primera. Es conocido por su carácter, su rocosidad en defensa y la fortaleza que tanto nos dio Aguirre en sus temporadas. Es conocido por ser el club humilde de una isla que lucha por no ser vendida al extranjero. Pero sobre todo, si el RCD Mallorca es conocido por algo, es por la afición que acompaña a los jugadores desde que estaba en 2ªB cuando nadie creía en el proyecto y había más dudas que resultados. Tal vez no se llenaba el estadio ni éramos los más ruidosos, pero sí los más fieles y no abandonamos al equipo bajo ninguna circunstancia. Conocíamos a los jugadores y ellos nos conocían a nosotros, no se revendían los abonos y, en ninguno de los casos, se escuchaba en la grada celebrar un gol del Madrid o del Barça a cientos de aficionados camuflados. Nadie que vivió esa generación prefiere a Maffeo, Mojica o Asano por encima de Alex López, Salva Sevilla, Lago Junior o Manolo Reina.
Bajar a segunda es lo peor que te puede pasar como proyecto. Sin embargo, para el RCD Mallorca, supone una oportunidad para recuperar la humildad, replantar los valores e ilusionar de nuevo al espectador con la unidad que tanto echamos en falta. No es el momento de llorar por los jugadores que se van a ir, sino de ilusionarnos con los que se quedan y los que están por llegar. Ahora es el momento de hacer crecer a David López, Olaizola, Orejuela… o de incorporar a Josep Cerdà, recuperar a Marc Domènech, etc.
Es difícil afirmar que lo que nos ha pasado es positivo, pero dada la situación, sí que es fácil mirarlo con buenos ojos. A pesar de que por dentro todo parece estar roto, debemos seguir luchando por nuestra identidad. Demichelis parece ser un buen punto de partida y todo el que se vaya del equipo significa que no siente los colores lo suficiente, así que nos interesan sus servicios. Ahora más que nunca la grada se debe unificar, los jugadores acercarse al aficionado y el club demostrar que nuestra tradición vence al fútbol moderno al que nos estamos acercando. Lo que está claro es que, tarde o temprano, tornarem.


