El RCD Mallorca ha convertido una situación controlada en un desastre absoluto en apenas una semana. Las derrotas consecutivas ante Getafe y Levante no solo han hundido al equipo en la clasificación, sino que han dejado una imagen impropia de un conjunto que se estaba jugando la vida. En el Coliseum, el equipo de Martín Demichelis fue barrido por un Getafe mucho más intenso, más agresivo y con infinitamente más hambre competitiva. El 3-1 final incluso se quedó corto para lo que se vio sobre el césped: un Mallorca blando, desordenado y emocionalmente roto.

Lo más preocupante no fue la derrota, sino la sensación de rendición. El Mallorca llevaba semanas avisando con partidos mediocres, incapaz de cerrar encuentros clave y sobreviviendo únicamente gracias a tropiezos ajenos. Pero ante rivales directos dio la impresión de haber agotado toda la gasolina mental. En Getafe se cometieron errores defensivos infantiles, faltó intensidad en cada duelo y el equipo se cayó al primer golpe. Demichelis reconoció después que había que “tirar este partido a la basura”, pero la realidad es que el golpe dejó secuelas irreparables en la confianza del grupo.

Y cuando había que reaccionar, llegó el desastre definitivo en Valencia. El Levante, que hace pocos meses parecía muerto, pasó por encima del Mallorca en el duelo directo por la permanencia. Bajo la lluvia y con tensión máxima, los bermellones volvieron a ofrecer una actuación sin carácter, incapaces de competir en un partido que exigía sangre y personalidad. El 2-0 fue un baño de realidad: mientras el Levante creyó en salvarse, el Mallorca pareció asumir el descenso antes de tiempo. El equipo se ha desplomado físicamente, pero sobre todo anímicamente, justo cuando la temporada exigía más valentía.

La carambola a la que se aferra el mallorquinismo

Ahora las cuentas son dramáticas. El Mallorca llega a la última jornada prácticamente condenado y dependiendo de una combinación de resultados muy concreta para sobrevivir. Necesita ganar sí o sí y esperar tropiezos de varios rivales directos (derrotas de Elche y Osasuna, y que el Levante puntúe), después de haber desperdiciado múltiples oportunidades durante meses para evitar llegar a esta situación límite. Lo más duro para el mallorquinismo no es solo verse al borde de Segunda División, sino comprobar cómo el equipo ha caído sin ofrecer resistencia en el momento decisivo de la temporada.