Esto es una carta de amor. Mi primer carta de amor (y probablemente la última). La distancia y el consecuente poco contacto que tenemos hace que le añore. Ir a casa los domingos, vestir con su camiseta favorita –que también es la mía-, cantar nuestras canciones y abrazarnos entre todos, como si no hubiese mañana, con nuestras alegrías. Ya prácticamente ni coincidimos. Y no porque no queramos, sino porque el canal, el intermediario entre nosotros, no esta funcionando exactamente como es debido. Al menos, la voz de Tolo Ramón y compañía me cuenta que hace y, en cierta manera, me calma saber que le esta yendo tan bien sin mi.

Llevamos de la mano desde que tenía cuatro años y mi abuelo, que ya le conocía de hace bastante tiempo, me regalo una camiseta de Eto’o que me doblaba en tamaño. La misma que he portado orgulloso durante años y que ahora preside la pared de mi habitación. Que no me haya pasado por casa desde mayo no es motivo para olvidarnos. Además, tengo a mis corresponsales, en forma de hermanos, que me informan y me hacen sentir que estoy allí con ellos. Igual que mi abuelo me acompañó durante años y me inculcó esta pasión, yo lo hice con ellos. Y saboreo el trabajo bien hecho al ver que ya no hace falta que los empuje hasta nuestros asientos, ni que les tenga que incitar a cantar y alentar conmigo.

Ya me avisaron que las relaciones a distancia no son para nada fáciles. Que cada uno hace su vida y que es complicado mantener la misma ilusión. Que a medida que pasa el tiempo se pierde el contacto. Pero con la de baches que hemos pasado, esto me parece mera palabrería. Este vínculo es imposible de truncar. Cuento los días para volverte a ver. Te echo mucho de menos, mallorqueta.

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